El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, emitió una contundente declaración dirigida principalmente a Washington, asegurando que “no van a poder con Venezuela”, en un momento de significativa escalada en las relaciones bilaterales y en la región del Caribe. Este pronunciamiento se produce en el contexto de un incremento en la tensión geopolítica, marcado por dos acciones concretas de la administración estadounidense: la intensificación de un despliegue militar en aguas caribeñas y, más directamente, la designación de figuras de alto nivel dentro del gobierno venezolano por sus supuestos vínculos con actividades ilícitas transnacionales, particularmente el narcotráfico, haciendo referencia al polémico “Cartel de los Soles”. La firmeza en la respuesta de Maduro Venezuela EEUU subraya la profundización de la crisis diplomática que ha caracterizado a ambos países durante la última década.
La operación militar estadounidense en el Caribe, aunque oficialmente enfocada en el combate al narcotráfico, ha sido percibida por Caracas como una clara amenaza a la soberanía nacional y un intento de intimidación. El despliegue ha sido calificado por la cúpula chavista como una “invasión encubierta” o un “bloqueo naval”, retórica que busca movilizar la base de apoyo interno y deslegitimar la acción internacional. En este marco, la declaración de Maduro funciona como una reafirmación de su control y una advertencia directa a cualquier potencia extranjera que pretenda intervenir en los asuntos internos del país sudamericano. El mensaje es claro: a pesar de las dificultades económicas y la presión internacional, el liderazgo venezolano se mantiene inquebrantable en su posición de resistencia.
Sin embargo, el discurso del líder venezolano demostró una omisión notable y estratégica al evitar cualquier mención directa o comentario sobre la designación del llamado Cartel de los Soles como una entidad terrorista o criminal por parte de las autoridades de Estados Unidos. Esta organización, según las acusaciones, estaría conformada por altos cargos militares y políticos dentro del régimen, dedicados al tráfico de drogas a gran escala. La evasión del tema, en un discurso que abordaba de lleno la ofensiva de Washington, es un movimiento calculado. Al centrarse únicamente en la narrativa de la soberanía y la “agresión imperialista”, el gobierno busca desviar la atención de las graves acusaciones de corrupción y narcotráfico que pesan sobre varios de sus funcionarios más cercanos. La estrategia consiste en transformar una imputación penal en un conflicto meramente político y territorial.
La designación del Cartel de los Soles no es un evento aislado; forma parte de una campaña de presión sostenida que incluye sanciones económicas a la industria petrolera, restricciones a las transacciones financieras y la emisión de órdenes de arresto con recompensas millonarias por la captura de figuras clave. Para la administración estadounidense, estas acciones representan un esfuerzo coordinado para desmantelar lo que consideran una estructura criminal que ha cooptado las instituciones del Estado venezolano y que desestabiliza la región. La respuesta de Maduro Venezuela EEUU se limita a la esfera política, ignorando la vertiente judicial de las acusaciones, lo que refuerza la percepción de que el gobierno no está dispuesto a colaborar ni a enfrentar las denuncias de manera transparente.
La economía venezolana, ya asfixiada por años de mala gestión y las propias sanciones, se encuentra en un punto crítico, lo que incrementa la vulnerabilidad del país ante cualquier escalada. La retórica de resistencia de Maduro, si bien puede galvanizar a sus seguidores, también alimenta la polarización interna y consolida la imagen de un Estado enfrentado a la comunidad internacional. Los analistas señalan que, mientras la designación del Cartel de los Soles y el despliegue militar persisten, la ventana para una solución negociada o una transición pacífica se estrecha. El futuro inmediato parece apuntar a una prolongación del pulso, donde la capacidad de resistencia interna de Maduro Venezuela EEUU será puesta a prueba por la presión externa y la sostenibilidad de su estructura de poder.
La insistencia en el mantra de que “no van a poder” con el país caribeño refleja una lectura específica de la historia reciente, apelando a la memoria colectiva de los intentos de desestabilización que ha enfrentado el chavismo desde su génesis. Sin embargo, la actual crisis difiere de las anteriores no solo por la severidad de la situación humanitaria, sino también por la naturaleza de las acusaciones internacionales, que han trascendido la esfera ideológica para entrar de lleno en el ámbito del crimen organizado transnacional. Este cambio de enfoque obliga al régimen a responder a un tipo de presión diferente, aquella que amenaza la legitimidad no solo de su proyecto político, sino de sus principales figuras como individuos ante la ley internacional.
El hermetismo total en torno a la acusación del Cartel de los Soles demuestra la prioridad del gobierno de Venezuela en controlar la narrativa. Cualquier reconocimiento o debate público sobre el tema podría debilitar la cohesión interna del alto mando militar y político, una base fundamental para el mantenimiento del poder de Maduro. En su lugar, el gobierno opta por una denuncia genérica de intervencionismo, presentando a Venezuela como la víctima de una campaña de difamación y coerción. Esta estrategia de comunicación es vital para el régimen, ya que le permite fusionar la defensa de los funcionarios acusados con la defensa de la soberanía nacional, haciendo que cualquier ataque a los primeros se perciba como un ataque a la nación entera. La tensión entre Maduro Venezuela EEUU sigue siendo el eje central de una crisis que afecta a todo el hemisferio.